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El cerdito feliz
El cerdito feliz
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Cuenta la leyenda que érase que se era
un cerdito feliz, rechoncho y de sí mismo pagado, sus únicas ocupaciones diarias eran comer y dormir, como los koalas, pero dada su mísera y apagada existencia, pensó que le faltaba algo.
Después de mucho buscar y rebuscar, probar y reprobar, y volver a buscar, decidió que por fin había encontrado el sentido de su vida...
¡Quería ser hombre!
Así pues, firme en su decisión, mas no veloz, dada su naturaleza ociosa, empezó a observar al género humano, y en verdad que no eran tan complicados, aquellos confundidos animales que andaban a dos patas. No fué difícil hacerse pasar por uno de ellos. Con una resplandeciente camisa color plátano y pantalones ambarinos a juego, dábase el cerdito feliz laaargos paseos, y nadie osaba dudar de su condición humana, pues cosas más raras se habían visto... Mas he aquí que pronto se dió cuenta nuestro tan querido amiguito de que a pesar de su aspecto, nadie le hacía caso. Pero poco duró su angustia, pues fácil le fué descubrir, que como en todo, en esto de las atenciones también había truco. Delante del espejo, día y noche, ensayaba su estratagema: ceño fruncido, puños cerrados, moviendo todo el cuerpo como si tuviera prisa por hacer algo.
Quizás en un principio, aprender las frases apropiadas fuera lo más difícil, muchas repeticiones, con variación, combinaciones sin permutación: Yo, Yo soy, mí, para mí, incluso usted no sabe con quién está hablando. Y otro día, y otra noche, otra luna y otro astro. Pues eso del tiempo era una tontería, total, siempre se despertaba temprano para aprender a ser malo y cuanto más mejor, si no nadie le haría caso.
Al fin, llegó la hora de la verdad, ya con todo aprendido y para semejante momento bien pertrechado. ¿Saldría cara..? ¿Saldría cruz..? Por fin llegó el éxito, triunfó en su loca aventura por aquél, el mundo, que decían algunos un dios había creado. Nadie dudaba de que aquel cerdito feliz fuera hombre... Tan seguro... Tan gordo, siempre tan malhumorado... Otro más, cuchicheaban los de-más, otro YO ampuloso y tan-bien amueblado. Ahora había encontrado su sitio, ya sabía cómo tenía que vivir, pues aquéllos, tántos, no podían errar tiro tan-bien calculado.
Pero como dicen los de-más tras la calma viene la tormenta. Y como nuestro cerdito no podía ser menos, también tropezó, y una vez en el suelo abrió los ojos, desorbitados... ¡Pero qué horror¡ ¡Qué espanto! Cuál fué su sorpresa al descubrir que aquellos a los que siempre había emulado no eran hombres, sino al igual que él, piara de cerdos, cerdos disfrazados. Y así continuó su vida nuestro querido amiguito y tal vez paisano, vida o engaño, todavía orgulloso de ser hombre tan-bien disfrazado. Era él, el cerdito del cuento, al fin y al cabo, y aunque no supiera muy bien en qué consistía, los demás parecían entenderlo, que era lo único importante y humano. Era lo que él había aprendido y nadie le había enseñado. Y por si fuera poco, joderles la vida a los de-más era divertido y por si fuera poco, incluso premiado...
Vaya mundo, vaya sociedad la nuestra que seguimos re-creando...
- webmaster - 01 de Mar de 2008 a las 10:02:47 GMT | |